Prólogo. Lirio Negro

Hola mis queridos lectores!!!!!!!!!!

Les dejo el prólogo de mi nuevo proyecto: LIRIO NEGRO.  Espero les guste!!!


Paris, 2009.

Caminaba por las calles iluminadas de Paris. Maldita sea la hora en la que decidí tomar mis vacaciones en este lugar. Olvidar. Ese era el propósito de este viaje.
¿Cómo podía olvidar si todo gritaba: sigue sufriendo en cada esquina?
Las parejas tomadas de la mano, abrazadas, besándose como si no hubiera final, los ancianos bailando en el parque al sonido de un violín, algunos niños corriendo felices bajo la constante supervisión de sus padres.
Era cierto. Paris, la ciudad del maldito amor.
Maldito amor.
Maldita sea.
Camine y camine.
Lo último que quería era respirar el mismo ambiente que todas estas personas felices.
¿Cómo podían ser tan felices?
¿Qué acaso no sabían el significado del dolor, de la agonía?
¿Acaso no conocían la muerte?
A su debido tiempo, todos conoceríamos la muerte.


—Mierda —susurré. Mi madre tenía razón. Estaba en una fase muy profunda de depresión. Como odiaba que mi madre siempre tuviera razón. No por nada era una de las mejores psicólogas de México.  ¿Qué era lo que había dicho? Oh sí.
Debes empezar por aceptar que tienes un problema hijo, no puedes seguir de esta forma.
¿Un problema?
¿Yo?
Yo no tenía ningún problema. Aunque admito que si estaba deprimido. ¿Y quién no lo estaría si la mujer que había amado por seis años hubiera muerto mientras huía con su amante y mi hijo en su vientre?
¡Claro que estaba deprimido!
Mi vida era un maldito infierno.
Caminar. Era lo único que pensé que me ayudaría. Caminar. Olvidar. Caminar. Olvidar. Eso fue lo que hice por varias horas. Sin rumbo fijo. Con los audífonos a todo volumen. Caminar.
Maldita sea la hora en la que me enamoré y te conocí.
Maldita seas Miranda.
Ojala y te estés pudriendo en el infierno con ese bastardo.
No.
Por más que quisiera odiarla, no podía hacerlo. A su lado viví los mejores seis años de mi vida. Y a pesar de su engaño. Todavía la amaba.
Mi hijo. Mi primer hijo.
Una de las cosas que siempre había añorado era eso. Tener hijos y formar una familia con una mujer hermosa y dulce, tener varios hijos y verlos crecer. Envejecer con el amor de mi vida, disfrutar de mi arduo trabajo. Viajar cuando nuestros hijos estuvieran lo suficientemente grandes para valerse por sí mismos. Encender la llama de la pasión en los lugares más románticos del mundo y vivir las mejores y más intrépidas aventuras a su lado. Disfrutar al máximo nuestro cincuenta aniversario, pasar los siguientes años viendo a nuestros nietos crecer y escucharlos llamarme “abuelo”, ver a mis hijas casarse y entregarlas en el altar. Odiar al imbécil que jamás sería lo suficientemente bueno para merecer a mis hijas, y después aceptarlo cuando descubriera que era adicto al soccer como yo. Pasar los siguientes años con mi esposa y morir antes que ella. Para después encontrarnos en el más allá y vivir juntos eternamente.  
Sí.
Ese era mi sueño.
Una vida perfecta, tranquila pero perfecta.
Y todo se había ido a la mierda.
Y ahora, caminaba solo por las calles de Paris. Con el anillo de matrimonio aún pegado en mi dedo. Odiando y viendo todas las demostraciones posibles de amor. El odio que crecía dentro de mí era muy grande. Odiaba el amor. Odiaba la vida. Odiaba todo. Me odiaba a mí. Me odiaba por no haberme dado cuenta que mi mujer no era feliz. Me odiaba por no haberla detenido. Me odiaba por no haber estado con ella en sus últimos momentos. Simplemente me odiaba por haberla perdido tan fácilmente.
Si tan solo lo hubiera sabido, hubiera hecho algo para recuperarla antes de que fuera demasiado tarde.
Pero como dice mi padre, él hubiera no existe.
Ahora tenía que enfrentar la vida. Tenía que seguir adelante y olvidarla. Tenía una familia que se preocupaba por mí, tenía amigos y compañeros de trabajo que en el último año me había apoyado y me incitaban a seguir con mi vida.
Un año y todavía no podía sacarte de mi cabeza Miranda. Un maldito año sumido en el dolor, la desesperación, el sufrimiento, la agonía y sobre todo, mi más grande compañera, la soledad.
Mi madre decía que era cuestión de tiempo para que encuentre a una mujer que me amará y me hiciera feliz. Pues había pasado un año y esa famosa mujer no aparecía por ningún lado.
¿Acaso estaba escondida en algún burdel o en un bar?
¿O tal vez en prisión?
Y choqué con el suelo. Mi trasero golpeó con fuerza el suelo y mis audífonos salieron de mis orejas, eso dolió.
—¡Fíjate imbécil! —dijo una voz en un español perfecto seguido de risas. Varios hombres estaban parados frente a mí, mi instinto me dijo que tenía que salir de ahí rápido o terminaría hecho añicos por esos matones. Me levante y di media vuelta.
¿Cómo rayos había llegado ahí?
Ni siquiera sabía en donde estaba. Intente localizar el parque que estaba frente al hotel y no lo encontré.
¡Mierda!
Perdido en Paris.
¡Qué ridículo!
Seguí caminando, me empecé a desesperar. ¿Y ahora que mierda hacía?
A lo lejos podía ver el arco del triunfo. Sabía que estaba cerca del hotel. Había visto esa escena por las últimas seis semanas y apenas conocía las calles. Sin embargo, conocía hasta el último detalle de la habitación del hotel.
Ni siquiera recordaba el nombre del hotel.
Saque mi celular.
Muerto.
Genial.
Camine y seguí caminando. Mi francés estaba oxidado y no estaba seguro que alguien entendería mi español, tal vez si hablaba inglés.
¿Pero cómo mierda iba a pedir ayuda si no recordaba el maldito nombre del hotel?
Mi reloj marcaba las nueve de la noche, empezaba a hacer mucho frío. Estaba metido en un serio problema.
A lo lejos vi un pequeño restaurante, tal vez si me prestaban su teléfono podría llamar a mi madre y preguntarle el nombre del hotel.
Así o más maduro. Recurriendo a tu madre cuando estas por cumplir los treinta años.
Entre al pequeño lugar, era una especie de cafetería. El lugar estaba llenó a pesar de la hora, había niños corriendo entre las mesas, parejas jóvenes y otras no tanto. Estaba decorado con unos hermosos cuadros que estaba seguro que había visto en el Louvre hacía varias semanas, imitaciones, pero muy buenas. Una melodía tranquila llenaba el ambiente. Las pequeñas mesas distribuidas de manera estratégica dando la sensación de grandeza al pequeño local. Cada mesa decorada por un florero con un lirio blanco y pequeñas flores que hacían juego resaltando los colores y haciendo las mesas un tanto más atractivas.
En el fondo un gran mostrador blanco mostrando los precios escritos en un francés impecable. Los pasteles distribuidos de manera que parecían obras de arte en lugar de comida, algunos niños estaban recargados en el cristal observando los postres como si observaran el santo grial. Las dos únicas cajeras vestían un largo delantal azul contrastando a la perfección con el blanco del mostrador.
¡Dios! Ese lugar parecía un restaurante de lujo.
Tan pequeño pero tan imponente.
Me acerque a una de las cajeras rogando que hablara inglés.
Excuse me. Do you speak english?
Pardon?¡Mierda! ¡Ni siquiera inglés! Intente hablar un poco de francés, ¡Maldita sea la hora en la que preferí estudiar portugués en lugar de francés!
Parler espagnol?
No, attente un instant. ¡Ivy!
No tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando. Intente recordar como se decía teléfono, o ayuda o algo que me pudiera ayudar. Pero nada. Me recargue en el mostrador, frustrado, pase mi mano por mi cabello por milésima vez. Estaba en un serio problema y nadie podía ayudarme.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —susurré.
—¿En qué puedo ayudarte? —¿En serio? ¿Alguien hablaba español en este lugar?. ¡Gracias dios! ¡Todavía no me has abandonado!  
Y me había enviado un ángel. Y si era un ángel. Unos grandes y hermosos ojos verdes me veían con una especie de diversión, una sonrisa cálida definida por dos pequeños hoyuelos en sus mejillas sonrosadas. Su cabello castaño recogido en una trenza que caía en su hombro derecho, algunos mechones de cabello salían como burlándose de su dueña quien parecía que había intentado en varias ocasiones acomodarlos. Estaba recargada en el mostrador, sus pechos apretados como si intentaran escapar de la cárcel de su blusa, y yo los estaba viendo fijamente.
¡Mierda!
Levanté la mirada y me perdí en sus hermosos ojos.
—¿Hablas español? —¡Qué idiota! ¡Claro que hablaba español! ¿O acaso estarías hablando con ella? ¡Imbécil!
—Sí. Claro que hablo español —se estaba burlando de mí. Genial. Una hermosa chica y yo portándome como un idiota.  
—¿En serio? — ¡Claro que era enserio! ¿Por qué te diría mentiras? Imbécil.
—Sí. Y dime. ¿En qué puedo ayudarte?
—Estoy perdido. No tengo ni la menor idea donde estoy.
—¿A dónde quieres ir?
—Ese es el problema. No recuerdo el nombre del hotel.
—¿Disculpa? ¿Cómo es posible que no lo recuerdes? —sí, se estaba burlando de mí. —¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Seis semanas —dije. ¡Mátame Dios!
—¿Seis semanas y no te sabes el nombre del hotel? Debe ser una broma. ¿Acaso has pasado las últimas seis semanas viendo el techo de tu habitación? —¡Mierda! Sentí como la rabia me inundo, y no porqué se estaba burlando de mí. Sino porque sabía a la perfección lo que había estado haciendo desde que llegué a Paris.
—Me dejarías usar tu teléfono. Hablaré con mi familia para que me digan el nombre del hotel. —Ahora si estaba siendo un imbécil. Le hablaba frío y distante. ¿Acaso me había vuelto gay por culpa de Miranda? Una hermosa chica estaba parada frente a mí y yo me estaba portando como un idiota.
—Sí. ¿Por qué no te sientas mientras lo traigo? —dijo y dio media vuelta.
Camine y me senté en una mesa cercana a la ventana. ¿Cómo podía comportarme de esa manera con una mujer tan hermosa?
Saque todo lo que llevaba en mis bolsas, mi celular, mi Ipod, mi cartera y algo cayó de esta.
Una foto de Miranda en nuestra luna de miel. Se veía hermosa. Su largo cabello rubio, sus grandes y hermosos ojos azules, usaba ese vestido blanco que tanto amaba y tenía una sonrisa de oreja a oreja.
De repente todo me golpeó. Me llevé las manos a la cara sintiéndome frustrado. La pérdida de Miranda y de mi hijo, la soledad, la tristeza.
Todo.
Escuche un leve sonido frente a mí. Levanté la mirada. La hermosa mujer estaba sirviendo café, un pedazo de pastel estaba situado estratégicamente a la izquierda de la taza.
—Yo no pedí nada.
—Va por la casa. No te ves nada bien. Y debo decirlo, mis pasteles son deliciosos. Son mi más grande orgullo. Algunos dicen que les alegra el día comerlos. —dijo dándome una hermosa sonrisa, ¡Dios! Era simplemente hermosa. —Además, es mi forma de decir, lo siento. No debí haber dicho eso antes.
—No te disculpes. No es tu culpa.
—Disfruta el regalo. Toma tu tiempo. Cuando estés listo, solo me llamas y te traeré el teléfono. Relájate. Aún es temprano.
—Gracias. Disculpa la pregunta pero, ¿Cuál es tu nombre? —me sentía estúpido preguntando, pero necesitaba saberlo.
—Eva Chassier. Pero todos me llaman Ivy. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?
—Gabriel Aguilar —Me dio una gran sonrisa y me dejo solo. Era hermosa. Camino esquivando a los pequeños niños que corrían, la gente la saludaba, ella se tomaba el tiempo para hablar con todos los clientes y dedicarles una gran tierna y cálida sonrisa. Mientras se alejaba la pude admirar mejor.
Era alta, sus largas piernas bien definidas, no. Todo su cuerpo estaba muy bien definido. Las curvas de su cuerpo se marcaban a la perfección bajo esos jeans ajustados y esa blusa azul. Usaba unos converse negros desgastados. Podía jurar que al menos pasaba cuatro horas diarias en el gimnasio, nadie podía tener un cuerpo tan bien esculpido solo por la gracia del cielo.
Ella tenía razón. Ese pastel estaba delicioso. Lo más delicioso que había probado jamás. Se derretía en mi boca y el café era perfecto. Era como si escogieras un buen vino para una comida gourmet.
Mi abuela decía que me buscará una mujer que supiera cocinar. Decía, Si no hay amor, por lo menos habrá comida.
Esa noche marcó mi vida.
Los siguientes tres meses pase todas las tardes ahí, platicábamos hasta altas horas de la noche. Hablábamos de cualquier cosa. Nos reíamos de todo. Incluso llegue a desahogarme con ella. Le conté todo. Mi vida con Miranda. Su traición. La pérdida de mi hijo. Todo. Y ella me escuchó. Me daba palabras de aliento y me hacía sentir mejor. Me hacía sonreír incluso después de contarle mis desgracias.
Y después de tres meses y dos semanas, lo admití.


Me había enamorado. 

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